jueves, 18 de abril de 2019

CAP IV. EL DIOS DE JESÚS. B) LA NOVEDAD DE JESÚS: EL DIOS-AMOR. 6. Un Dios débil.

La idea generalizada del Dios omnipotente tropieza con grandes dificultades. Ante el dolor y la miseria de tantos seres humanos surge espontáneamente la pregunta de por qué Dios, si todo lo puede, no hace nada por poner remedio a esa situación. Inevitablemente se descubre una contradicción: si Dios es omnipotente, no es bueno, pues, pudiendo suprimirlo, parece indiferente a tanto dolor; si es bueno, no puede ser omnipotente en el sentido como se entiende de ordinario.

La explicación tradicional es que Dios no quiere el mal, pero lo permite, aun pudiendo evitarlo, para respetar la libertad del hombre. Extraño modo de proceder cuando esa libertad sirve para oprimir al desvalido, para matar al inocente, para imponer la injusticia a tantos millones de seres humanos, para aniquilar a los inermes por medio de la guerra. Nadie con un mínimo de sentimientos permitiría nada de eso si estuviera en su mano evitarlo.

Jesús nos muestra que Dios es amor y, por tanto, necesariamente bueno; en consecuencia, no puede ser indiferente ante el mal. Lo que hay que determinar es en qué sentido es Dios omnipotente.

En los evangelios nunca se llama a Dios omnipotente o todopoderoso. En la segunda carta a los Corintios (una vez) y en el Apocalipsis (nueve veces) aparece el término griego pantokrátor, que no significa exactamente <<todopoderoso>>, sino, más bien, <<Soberano de todo>>. En 2 Cor 6,18 el término se encuentra en una cita del Antiguo Testamento (2 Sam 7,14), para probar que los cristianos son el templo de Dios vivo, es decir, el ámbito donde de hecho se ejerce el reinado / soberanía de Dios; la realidad de ese reinado en la comunidad cristiana (utopía realizada) anticipa su realización en la humanidad entera (utopía por realizar). En el Apocalipis se refiere unas veces al reinado universal de Dios como ideal que se alcanzará en el futuro (utopía por realizar: 1m8; 4,8; 15,3), y otras, donde el autor coloca la escena es el tiempo final, a ese ideal ya realizado (utopía realizada: 11,17; 16,7; 16,14; 19,6.15; 21,22). La soberanía definitiva de Dios sobre el universo es otra manera de expresar lo que Pablo formula en 1 Cor 15,28 describiendo el estado final de la creación: <<Dios lo será todo en todos>>.

Es precisamente la realidad de Dios como amor sin límite la que permite encontrar una vía de solución al problema de la omnipotencia divina. Dando por supuesto que Dios es amor, puede preguntarse: ¿es el amor omnipotente? Por una parte, la fuerza infinita de amor / vida tiene una potencia sin límite, y en este sentido puede llamarse omnipotente; por otra, el amor tiene efecto solamente si es aceptado. Es ofrecimiento, no imposición. Querer forzar una respuesta de amor es hacerlo imposible, porque el amor supone la libertad de respuesta. La coacción impide el amor. Este es mano tendida, comunicación ofrecida; para que tenga efecto es indispensable que otra mano se tienda, que otro ser acepte y corresponda al ofrecimiento. Una persona puede amar a otra con toda el alma; si la otra queda indiferente ante ese amor, éste no puede realizarse y queda inerme. El amor comporta el posible fracaso y, ante el rechazo, experimenta la impotencia.

Para poder responder al amor de Dios es necesario que el hombre esté libre de coacción. El Dios de terror, el que amenaza con el castigo e impide la libertad, no produce amor, sino hipocresía.

La necesidad de la respuesta se ve clara en los evangelios en aquellas ocasiones donde Jesús dice a algunos de los enfermos que cura: <<Tu fe te ha salvado>> (Mc 5,34 par.; 10,52 y par.; Lc 7,50; 17,19). Esta frase indica que, aunque la salvación procede de él como presencia de Dios en la tierra, ha sido eficaz merced a la respuesta positiva de la persona. Así se ve claramente en el episodio de la mujer con flujos (Mc 5, 24-34). Cuando ésta toca el borde del manto de Jesús, mostrando su adhesión y confianza en él, se siente curada. Jesús, por su parte, nota la fuerza de vida (el Espíritu) que ha salido de él y que ha sido el agente de la curación. El amor ha sido eficaz porque ha encontrado respuesta. Así lo sintetiza la frase final: <<Tu fe te ha salvado>> (Mc 5,34).

El mismo sentido tiene la formulación de Juan cuando describe el propósito de Dios al enviar su Hijo al mundo: <<No envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por él se salve>> (Jn 3,17). Poniendo las dos últimas frases en paralelo, podía haber dicho: <<No... para que dé sentencia contra el mundo, sino para que lo salve.>> Tal construcción habría hecho depender la salvación solamente de la iniciativa divina. El texto, en cambio, pone como sujeto al mundo: <<para que el mundo ( = la humanidad) por él se salve>>; son los hombres los que han de aprovechar libremente la posibilidad de salvación que Dios ofrece en Jesús.

Por el contrario, cuando no existe una actitud receptiva, la acción del amor resulta imposible. Así lo expresa el evangelio en el episodio de la sinagoga de Nazaret. Ante la falta de fe de sus paisanos, Jesús queda impotente para actuar: <<No le fue posible de ningún modo actuar allí con fuerza... Y estaba sorprendido de su falta de fe>> (Mc 6,5.6).

El mismo fracaso del amor se aprecia en el lamento de Jesús sobre Jerusalén, <<¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la clueca a sus pollitos bajo las alas, pero no habéis querido!>> )Lc 13,34).

Tampoco tiene éxito la propuesta de Jesús al rico: <<Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor diciéndole: "Ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda, ven y sígueme." A estas palabras, el otro frunció el ceño y se marchó entristecido, pues tenía muchas posesiones>> (Mc 10,21-22). Una vez más, el amor no encuentra correspondencia.

En general puede decirse que todo el relato evangélico nos presenta el rechazo del amor de Dios, manifestado en Jesús, por parte de las autoridades judías (Mc 14,64: <<Todos sin excepción pronunciaron la sentencia de muerte>>) y, finalmente, también por el pueblo (Mc 15,13.14: <<¡Crucifícalo!>>). Ante el rechazo de su amor, Dios queda impotente, y Jesús tiene que aceptar la muerte. Esto queda patente en la escena de Getsemaní.

En ella, la causa de la agonía de Jesús es doble: la congoja por la ruina del pueblo judío, que no reconoce al verdadero Dios, y el descrédito del Padre, con quien Jesús se identifica, por la condena y la muerte infamante que él va a sufrir. Es Marcos el evangelista que más crudamente describe la escena, subrayando la tentación de Jesús. Da dos redacciones diferentes de ella; la primera, en forma condicional más suave, pertenece al narrador (Mc 14,35: <<Se dejó caer a tierra, pidiendo que si era posible no le tocase aquel momento>>); la segunda, que comienza en forma absoluta más fuerte, está puesta en boca de Jesús (14,36: <<¡Abba! ¡Padre!, todo es posible para ti; aparta de mí este trago; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú>>).

Jesús invoca la omnipotencia del Padre (<<todo es posible para ti>>), delatando la tentación que sufre, que es la misma que acecha a sus discípulos (Mc 14,38: <<Manteneos despiertos y pedid no ceder a la tentación...>>). Ante el fracaso de su misión con el pueblo judío, Jesús desearía una intervención divina de poder que cambiase la situación y salvara a ese pueblo aun en contra de su voluntad, evitando también su propio fracaso y el consecuente descrédito del verdadero Dios. Acepta, sin embargo, desde el principio lo que el Padre decida (<<no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú>>). No hay respuesta del Padre. Con su insistente oración, Jesús mismo comprende que no cabe un plan diferente (Mc 14,41-42: <<Se acercó por tercera vez y les dijo: ..."Basta ya, ha llegado el momento! Mirad, el Hombre va a ser entregado en manos de los descreídos. ¡Levantaos, vamos, que está cerca el que me entrega!">>), pues el amor de Dios es impotente ante el rechazo. Actuar con un golpe de fuerza sería imposible para el Padre; iría contra su mismo ser y, por tanto, contra el de Jesús. No hay en Dios un poder independiente del amor, y éste espera respuesta, pero no puede forzar la libertad de los hombres.

Según Mt 26,53, cuando fueron a prender a Jesús y un discípulo pretendió defenderlo con las armas, él le dijo: <<¿Piensas que no puedo acudir a mi Padre? Él pondría a mi lado ahora mismo más de doce legiones de ángeles. Pero ¿cómo se cumpliría entonces la Escritura, que dice que eso tiene que pasar?>>

Jesús opone la posible petición al Padre al cumplimiento de la Escritura. La primera significaría adoptar la línea de violencia comenzada por el discípulo. Jesús rechaza la tentación de pedirle al Padre que ponga su potencia a su servicio para aniquilar a sus adversarios y subraya que para cumplir el designio del Padre, la salvación de la humanidad, expresado en la Escritura, no existe más camino que el del amor que no se desdice ni siquiera ante el fracaso, la ignominia y la muerte.

La Escritura a que alude el texto se refiere al Servidor de Yahvé, cuya misión había de consistir en salvar a la humanidad aun a costa de su propia vida (Is 52,13-53,12; cf. 42,1-9; Mt 12,17-21). Sólo la entrega de Jesús hasta la muerte podía revelar al auténtico Dios, el amor sin límite, el que responde con amor incluso al odio. La manifestación de la calidad de ese amor es el único medio para dar a la humanidad la posibilidad de una respuesta que será su salvación.

La <<debilidad>> del Dios-amor ante el rechazo resulta incomprensible y escandaliza a todos los adversarios de Jesús. La debilidad de Dios era el punto más débil de aceptar para los que habían sido educados en la idea de un Dios todopoderoso que no toleraría el triunfo de sus enemigos. Véase, por ejemplo, Dt 32,40-42: <<Tan verdad como que vivo eternamente, cuando afile el relámpago de mi espada y tome en mi mano la justicia, haré venganza del enemigo y daré su paga al adversario; embriagaré mis flechas de sangre, mi espada devorará la carne; carne de muertos y cautivos, cabezas de jefes enemigos.>>

Cuando Jesús está en la cruz, las burlas de sus adversarios se basan precisamente en que su impotencia demuestra que Dios no está con él (Mt 27,40.43: <<Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz>>; <<si de verdad lo quiere Dios, que lo libre ahora, ¿no decía que era Hijo de Dios?>>; Mc 15,31s: <<Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!>>; Lc 23,35: <<A otros ha salvado; que se salve él si es el Mesías de Dios, el Elegido>>). La idea de un Dios que no tolera la derrota les impide ver la realidad del Dios-amor, manifestada en Jesús. El Dios de Jesús queda desacreditado ante los judíos, porque no hace ostentación de su poder.

Pablo constata el mismo escándalo ante la debilidad de Dios escribiendo a la comunidad de Corinto: <<Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura..., porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres>> (1 Cor 1,22s.25).

El amor, fuerza de vida, es omnipotente, pero su potencia sólo puede actuar si es aceptado. Un Dios-amor no puede ser responsable de los males de la humanidad. Muchos de ellos, de manera más o menos directa, y algunos palpablemente, son responsabilidad de los hombres, que no responden a ese amor; otros se deben a catástrofes naturales que podrían tener su origen en el desequilibrio que el hombre ha producido en el mundo por su falta de sintonía con la naturaleza o también en las fuerzas difíciles de controlar que desata el proceso mismo de la vida. En todo caso, no dependen de Dios y, si existen, es porque no puede evitarlo. Es equivocado buscar explicaciones que hagan el amor de Dios compatible con el mal. Él es vida incluso en situaciones de muerte, fuerza que ayuda a afrontar las situaciones límite con un horizonte abierto a la esperanza.




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