sábado, 12 de enero de 2019

CAP III. LA ACTIVIDAD LIBERADORA DE JESÚS. C) LA PRAXIS LIBERADORA. 5. El culto alienante.

El templo desplegaba una liturgia esplendorosa, sostenida por el impuesto religioso anual, el dinero de los sacrificios y los donativos voluntarios de los fieles. Ya los profetas habían denunciado el culto hipócrita que encubría la injusticia (Is 1,10-17 
El Evangelio de Juan subraya el contraste entre las fiestas oficiales y la miseria del pueblo (5,1-4 ) y el sarcasmo que suponía celebrar la Pascua, fiesta de la liberación, para un pueblo oprimido y explotado (6,4-6 ). Por eso, en este evangelio las fiestas ya no son <<del Señor>>, sino <<de los judíos>>, es decir, de la clase dominante y de sus adictos (2,13; 6,4; 7,2 ; 11,55 ). Esto explica que el propósito de Jesús sea sacar a la gente de la institución religiosa, representada por el templo (Jn 2,14; 10,1-5 ; Mc 3,27  par.).  

El culto tradicional humillaba al hombre, porque acentuaba de tal modo la distancia entre Dios y su criatura, que ésta necesariamente se sentía pequeña e indigna ante Dios; además, desde hacía mucho tiempo se había convertido en un culto alienante, porque separaba el amor a Dios del amor al  hombre (Mt 5,23s  ; 12,7 ); centraba a los fieles en Dios, sin comprometerlos en un esfuerzo por la justicia.

Jesús cambia el concepto de culto. Si dar culto a Dios significa honrarlo, lo que honra a Dios no es la sumisión del hombre, sino la semejanza del hombre con él, como la de hijo a Padre. Como Dios es fuerza de amor (Jn 4,24: <<Dios es Espíritu>>), esta semejanza se va consiguiendo por la práctica del amor a los demás, es decir, por la entrega para procurar el bien de la humanidad. Este culto no disminuye ni aliena al hombre; al contrario, lo eleva y lo desarrolla. Su ejercicio no necesita espacios sagrados (templos, Jn 4,21) ni requiere tiempos particulares; su ámbito es el mundo, y se realiza sin interrupción. El culto es la vida misma animada por el amor (Jn 4,23).

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